Los tres elementos

Cuando nos referimos al Reino de Dios, estamos reconociendo que nuestro Señor tiene un sistema por medio de cuál ha establecido su orden Universal para regir y gobernar, y que este sistema tiene normas y leyes esenciales. Sabemos que este Reino busca influir en nuestra tierra y que para lograrlo Dios por medio de Jesucristo nos llamó, escogió y nos dio la responsabilidad de representar y manifestar su Reino.

Para ser capaces de ejercer esa tarea existen tres elementos o virtudes esenciales que debemos incorporar: la fe, la esperanza y el amor.

La fe ese esencial en el sistema natural del hombre, todo se mueve por medio de la fe, y en todas las personas se manifiesta algún grado de fe, sin importar que condición espiritual se tenga o si somos seguidores de Cristo o no. Ahora bien una vez que elegimos seguir a Cristo, viene un desarrollo de nuestra fe en una dimensión mayor, que inicia con el día que somos salvos, y que se convierte en el instrumento para transferir sus bendiciones de su Reino a este mundo visible.

La esperanza por otro lado es importante distinguirla de la fe. Tener esperanza significa quitar la confianza de uno mismo y ponerla en Dios. La esperanza es la formación de nuestro ser en el yunque, que nos forma para saber reposar en sus destinos, propósitos y voluntad perfecta para nosotros.

Me gusta decir que la esperanza es la formación que Dios ha hecho en nuestro ser para que nuestra alma este reposada y nuestros pensamientos bien ubicados. Es la capacidad de transferir las bendiciones del Reino de Dios  a nuestras vidas y la fe se convierte en el instrumento de transacción.

Por lo demás debe existir el elemento mayo que es el amor. Esta es la mayor fuerza, Dios es amor, esa es su esencia. No hay fuerza negativa que pueda prevalecer ante el amor.

Una persona que ha sido forjada en esperanza, que sabe usar la fe, tendrá un asiento de amor en su vida, que le libra de los temores, de la competencia y de las motivaciones incorrectas por los logros en la vida.  Mantiene su esfera de dominación, permite que Dios sea el que defienda sus causas, se interesa en el bienestar del otro y no se sentirá amenazado por ellos.

La máxima expresión de estos tres elementos fue la experiencia de Jesús en la cruz.

  • No tenía ninguna seguridad visible que este acto no fuese una locura si no una expresión de amor del Padre.
  • Lo hizo impulsado por el amor a los demás, sin tener garantía de un retorno recíproco.
  • Su accionar descansó en la perfecta voluntad de Dios.

Si alguien desea ver un mundo transformado, debe iniciar en su propia transformación, y el incorporar estos poderosos elementos espirituales es un gran inicio para disfrutar una vida poderosa y extraordinaria.

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